El Lado B: Brasil

CAPÍTULO II: BRASIL

Tardé casi 30 años en llegar a Brasil. Y eso es bastante. Bastante, considerando que, por lo general, es el primer destino que conocemos la mayoría de los argentinos cuando salimos al extranjero. Brasil, Uruguay o Chile. Por esas cosas de la vida, yo conocí primero lugares como Costa de Marfil o Lituania. No porque no tuviese ganas de ir a Brasil, sino que el hecho de saber que está ahí, justo al lado de Argentina, te hace pensar que podés ir en cualquier momento. Por A o por B, recién logré visitarlo en este recorrido. Y en parte fue bueno, porque en viajes anteriores hice muchos amigos brasileños que, por fin, me iban a mostrar su país, desde su perspectiva, y mejorar nuestra experiencia (más sobre Tuíla y Lucas más adelante). Antes de llegar, la expectativa era mucha. Cuando uno piensa en Brasil se imagina una vida al lado del mar, ligero de ropa, con un bronceado eterno y parece que la palabra “trabajo” no entra en la ecuación. De hecho, algunos amigos cariocas se ríen de este estereotipo, donde el mundo piensa en ellos como eternos bailarines de samba que lo único que hacen es ir a Copacabana o Ipanema y ensayar para el Carnaval. De a poco, fuimos dejando de lado los estereotipos y formando nuestra propia y humilde idea de lo que es Brasil. Digo humilde porque nada de lo que plasmamos es la verdad absoluta, es solo la impresión de alguien que vivió la cultura durante apenas un mes. Me gusta observar, analizar, imaginar, pero en tan poco tiempo sería imposible más que apenas rascar la superficie.

Nuestra primera parada fue Sao Paulo, donde nos recibió el primo lejano brasileño de uno de nosotros. La primera impresión que tuvimos de la ciudad fue su tamaño descomunal. Sin embargo, cuando preguntamos qué podíamos hacer, cuáles eran los lugares de interés y los atractivos turísticos, las respuestas de nuestros conocidos fueron parecidas. La Avenida Paulista, la Catedral de Sé y no mucho más… Lo que pasa es que Sao Paulo es una ciudad de negocios, el corazón financiero del gigante de Sudamérica y no necesariamente un destino turístico. No quiere decir que no haya cosas para hacer, estoy seguro de que las opciones deben ser muchísimas, sino que para citar a mi amigo Vini, “el encanto de SP lo descubrís después de vivir un tiempo aquí, no como en Río, donde todo está a la vista”. Por ese motivo, por nuestra corta estadía en la ciudad, no llegué a realmente experimentar Sao Paulo. Más que una caminata por el parque Ibirapuera, la Avenida Paulista (que por cierto, exuda mucha energía en cada una de sus cuadras) y algún que otro museo, no supimos bien qué hacer. Un par de días después, tomamos el autobús de 6 horas aproximadamente para llegar Rio, donde pasaríamos un mes.

Antes de llegar a la “cidade maravilhosa”, la gente te va preparando. Que Rio es “muito perigoso” de aquí y de allá. Todos parecen coincidir en que el tema de la seguridad en la capital carioca es cosa seria. “De esta no zafamos”, pensamos. “En algún momento nos van a robar”. Adelanto para mi mamá que está leyendo: no nos pasó absolutamente nada. Llegamos a la rodoviaria de Rio y nos tomamos un taxi para llegar a nuestro alojamiento por el próximo mes. El primer viaje en auto por Rio no se olvida: comenzás a ver las tan conocidas favelas que escalan los cerros verdes que están por toda la ciudad, divisás el Cristo Redentor sobre el Corcovado a lo lejos, pasás por la bahía de Botafogo con el Pan de Azúcar de fondo y bordeás la inconfundible playa de Copacabana. Después, llegás a tu alojamiento pensando en la cantidad de cosas que hay para recorrer durante tu visita. Nos hospedamos en un monoambiente en la Av. Nossa Senhora de Copacabana, en el edificio Douglas para ser más preciso, un poco entrado en años, pero con ese toque de antaño de la época dorada de Brasil (dato curioso: el edificio tiene un ascensor “social” y otro que tenés que usar si subís o bajas con el perro, las bolsas del súper, la sombrilla o cualquier cosa que incomode a los demás pasajeros o no quede “lindo” a la vista; supongo que es un vestigio de otras épocas que quedó instaurado). El departamento en sí está remodelado a nuevo, todo impecable, casi a estrenar. Dos dispositivos que nos salvaron la vida: el aire acondicionado y el purificador que te da agua fría y potable con solo apretar un botón. La ubicación: perfecta. A una cuadra de la playa, apenas cien metros de la emblemática Copacabana (sí, sí, muchos dirán que Ipanema y Leblon son mejores, pero tener a Copacabana a una cuadra ya es excelente de por sí). Como estaba soleado y no íbamos a desperdiciar ni un segundo de playa, descansamos apenas unos minutos y salimos a recorrer. Con el bronceado de alguien que viene de pasar un mes tapado hasta el cuello en Cusco (es decir, inexistente), caminamos desde Copacabana hasta Leblon para darnos una vista preliminar del lugar. El agua es bastante fría y no es transparente; la arena no es blanca. Sin embargo, la vibra del lugar es innegable y simplemente te dan ganas de quedarte ahí. No por nada son unas de las playas más conocidas del mundo y protagonistas de canciones que, sin darte cuenta, vas tarareando más de una vez mientras paseás por la ciudad: “Olha que coisa mais linda, mais cheia de graca… que vem e que passa…”

Ya que estamos, una breve nota sobre el idioma. El argentino promedio pasa dos semanas en Rio y ya cree que habla portugués. Y no pudimos escapar de la misma suerte. Comenzamos con unos tímidos “obrigado” por aquí y por allá durante los primeros días… agudizando bien el oído para captar la mayor cantidad posible de palabras y descifrar las menos evidentes. Y se puede; la verdad que son idiomas bastante parecidos y se entiende bastante (¡en un tour de la biblioteca nacional habré entendido hasta un 90%!). Hablarlo… eso ya es otra cosa. Segunda semana y nos la jugamos con varios “¿Você tem wifi? y ¿Você sabe a senha?”. Te entienden, los entendés, y te sentís lo más del mundo. De repente estás hablando otro idioma ¡y sin haberlo estudiado! Claro que después vienen dos adolescentes, te hablan rápido en el metro y te hacen dar cuenta que, en realidad, no sabés un carajo. Ya para el último, hasta conversábamos alguna que otra cosa con los conductores de Uber; chistes y todo, no solo del clima.

Volviendo al tema de la playa. Uno de los grandes motivos por los que los argentinos viajamos a Brasil es porque queremos disfrutar del mar, de playas un tanto mejores de las que tenemos en nuestra costa. Obvio que también era nuestra idea. Después de un mes de frío, viento y montaña en Cusco, el clima de Brasil era la recompensa. Claro que podés planificar cada detalle de tu viaje, pero con la meteorología no hay nada que hacer. El clima de Rio no nos ayudó demasiado. Muchas nubes, bastantes lluvias y algo de niebla. Por suerte, Rio es mucho, muchísimo más que solo playa, y la cantidad de atracciones no acuáticas que tiene, haría que valga la pena visitarla incluso si el mar no estuviese al lado. De hecho, a veces me olvidaba de que la playa estaba ahí, esperándote a que decidas sacarte las zapatillas y calzarte las havaianas. Por dar un ejemplo, muchas calles del centro de Rio te hacen sentir como si estuvieses andando por el microcentro porteño y tenés que recordarte que no, que no estás caminando por Reconquista camino a Plaza de Mayo, sino que estás en Rio de Janeiro, Brasil. Ahora que lo pienso, si Buenos Aires estuviese unos cientos de kilómetros al sur, bañada por las aguas del Atlántico y no del Río de la Plata, quizás no sería tan diferente. En el centro de Rio la gente camina de traje, bien vestida, sale de una oficina para entrar a la otra, pagan las cuentas, bajan a la vereda para fumarse un pucho. Una vida tan de ciudad que te olvidás que Copacabana e Ipanema están a minutos de distancia. Una buena amiga, carioca de cuna, me contaba que ella va muy poco a la playa. Como el resto, está atareada con la vida citadina, pero no importa: las playas forman parte de la identidad de la ciudad y aunque los cariocas no consigan ir por su rutina diaria, saben que está ahí y eso es lo que importa (palabras suyas, no mías).

Cerca de centro de Rio también está la Catedral Metropolitana que es bastante curiosa, por cierto, para ser una catedral. Es como una cruza entre una pirámide maya (a comprobarse más adelante), una nave espacial y los nichos de un cementerio. ¿Linda? No. ¿Fea? Tampoco. ¿Un poco rara para ser una catedral? Definitivamente. A pocos metros también están los arcos de Lapa, una de las postales inconfundibles de la ciudad. ¡Lapa! De día, el barrio no llama ni un poco la atención. Pero de noche… las calles explotan, la música inunda el aire y el forró se mezcla con la samba y otros ritmos musicales que no logré identificar. Es el lugar de preferencia por cariocas y extranjeros por igual para tomar unas caipirinhas, mucha (pero mucha) cerveza y pasar la noche en buena compañía. Fuimos un par de veces y el ambiente de alegría y fiesta era contagioso. Por encima de los arcos de Lapa pasa un pequeño tranvía turístico que te lleva al barrio de Santa Teresa. Distinto al resto y parecido a ninguno, es como si este barrio de la ciudad hubiese aterrizado por error en medio de la agitación carioca. Soñoliento, con calles de adoquines y casi que separado de la ciudad, se distingue por algunas casas con azulejos portugueses, las tiendas de artesanías y la onda bohemia ¿y hípster? de sus visitantes. Otro dato: no me acuerdo dónde leí que antiguamente era el lugar de preferencia de los más pudientes ya que la temperatura aquí era uno o dos grados menos que en el resto de la ciudad. También están las Escadas de Selarón, otra joya turística del centro. Se trata de unos escalones cubiertos por azulejos de todos colores y orígenes que se prestan para una linda foto.

Continuando con el tour de barrios tengo que nombrar a Vila Isabel, donde vimos quizás uno de los espectáculos más interesantes de nuestra estadía. Y aquí también me toca hacer una pequeña nota sobre Tuíla y su novio Lucash (porque los cariocas pronuncian las “s” finales como “sh”). A Tuíla la conocí hace 6 años en un contexto muy diferente: en San Petersburgo, Rusia, donde convivimos tres meses junto a otros 6 brasileños y la pasamos maravillosamente bien en un invierno para el que ninguno de nosotros estaba preparado. Un par de años después, recibí su visita en Buenos Aires. Y este año el reencuentro del grupo era en Brasil. Los chicos llegaron desde varios puntos del país para la cita y compartimos un fin de semana recordando las cosas que vivimos hace 6 años cuando todos teníamos un poco más de pelo y seguramente menos obligaciones y preocupaciones. Tuíla jugó de local y junto con Lucas fueron los mejores anfitriones que podríamos haber pedido. En una de las tantas salidas que organizaron para nosotros, nos llevaron al barrio de Vila Isabel. El sector que la mayoría de los turistas conoce de Rio es el centro y sur de la ciudad. La zona norte, por ser más pobre, tiene a pasar desapercibida. Nuestra visita fue en época pre-Carnaval y los chicos nos llevaron al ensayo de la escuela de Vila Isabel, una de las más emblemáticas de todas. Ahí, aprendimos un poco sobre el funcionamiento de este gran espectáculo. En el Carnaval participan “escuelas” y dentro de cada escuela hay “bloques”. Cada año, las escuelas eligen la canción que presentarán frente a millones de espectadores en el Sambódromo, también está la banda de música, los bailarines principales, la carroza, el atuendo y quién sabe cuántas piezas más que se combinan para representar una temática (generalmente de índole social) con el objetivo de ganar el primer premio y la fama y visibilidad que llegan de la mano. El ruido de la banda era ensordecedor, las chicas que bailaban samba eran una cosa de otro mundo, moviendo cada centímetro del cuerpo que parecían estar hechas de gelatina, y el ritmo de la canción era muy pegadizo (creo que tengo la letra guardada por algún lugar). Sin embargo, lo que más me sorprendió fue la pasión que la gente le pone a lo que están haciendo. Nos explicaban que ellos no reciben un salario por presentarse en cada ensayo y, literalmente, transpirar la camiseta. Lo hacen por pura pasión. Para ellos es un honor bailar en la escuela de su barrio y el sentimiento de pertenencia es enorme. El ambiente de alegría de esa noche (y las ganas que te daban de saber bailar aunque sea un poquitito de samba) son imborrables.

Esa misma noche de ensayo de Carnaval comencé a pensar un poco más en la cultura del brasileño y por qué nos diferenciamos con los argentinos. Nos explicaban que el Carnaval nació de los africanos, antiguos esclavos que, una vez que recibieron su libertad y dejaron de tener la protección de sus amos, tuvieron que instalarse en los cerros donde las tierras eran accesibles y, voilà, así nacieron la favelas. Ahora, estos descendientes de africanos que se ven por todo Brasil aportaron una riqueza cultural enorme al país: varios platos, algunas religiones (como el candomblé) y el mismísimo Carnaval. En Argentina también tuvimos esclavos. ¿Cómo seríamos culturalmente hoy en día si no hubiesen “desaparecido”? Tenemos el tango, que raíces africanas tiene, pero en Brasil la influencia se siente mucho más fuerte (por zonas, claro). De cierta manera, creo que quedamos “privados” de ese legado africano en nuestro país.

En Rio conseguimos colaborar con una ONG y fue una de las experiencias que, seguramente, más vamos a recordar de nuestro mes en Brasil. La organización se llamaba UmRio y estaba a cargo de Robert, mitad brasileño y mitad británico, que llevó a la realidad su proyecto de tesis de maestría. A través del rugby, la ONG busca promover la inclusión social de los chicos de las favelas. Además, se dictan clases de inglés y se dan talleres de salud, como consultas con dentistas. Nosotros encajamos perfecto con la misión de la ONG y nos sumamos con clases de inglés y un taller de nutrición. Durante tres semanas preparamos las clases, organizamos juegos, actividades y también improvisamos un poco. Existen muchísimos proyectos sociales en las favelas de Rio. La mayoría, sin embargo, está en las favelas de la ciudad; cerca de la playa para que los voluntarios puedan alternar entre impacto social y sesiones de bronceado. UmRio, en cambio está en Niterói, del otro lado de la bahía de Guanabara, lejos de cualquier atractivo turístico y a varios minutos y medios de transporte de viaje. Si teníamos una clase a las 2 de la tarde, por ejemplo, había que salir a las 12 del mediodía. Primero, un metro hasta la Praca XV, para tomar los ferries con destino a Niterói. Una vez del otro lado de la bahía, el tercer transporte era el colectivo que nos llevaba hasta Morro de Castro, donde estaba la escuela que participaba del proyecto. Y a la vuelta, un viaje parecido. La experiencia con los chicos hizo que valga la pena. Son niños y adolescentes de los barrios de los alrededores que asisten a clases de inglés porque quieren y no porque los obligan, sino que ven la posibilidad de aprender un poco más y la aprovechan. El solo hecho de que estén sentados ahí, escuchándote a vos, extranjero con ganas de sumarle experiencias a tu vida, en lugar de estar en su casa mirando videos de YouTube, es para admirarse. De todos, Gabriel era el más atento. Curioso, alegre y disperso como el resto, pero muy inteligente, de esos alumnos a los que te dan ganas de enseñar. En algunas ocasiones, también nos acompañaron Monique y Evelyn, dos brasileñas que regalaban gran parte de su tiempo a la causa. UmRio nos hizo sentir útiles y menos turistas. Como en todas las experiencias de este tipo, lo que aprendés siempre termina siendo más de lo que enseñás.

En dos ocasiones, dejamos Rio para conocer otras ciudades. Primero, hicimos un pequeño tour a la cercana Petrópolis. Esta ciudad toma su nombre de Pedro, el antiguo emperador. Sí, “emperador”. Lo que pasa es que, durante algunos años, Brasil fue un imperio. Cuando la realeza portuguesa decidió escapar de las atrocidades de Napoleón en Europa para protegerse, se instalaron en las tierras lusoparlantes del Nuevo Mundo. Años después, el hijo del Rey decidió no volver a Portugal y, en su lugar, estableció el Imperio del Brasil, que duraría unas seis décadas. Petrópolis era su “sede real”, con palacios, jardines y una arquitectura que te hace sentir más en Europa que en Brasil. De hecho, la ciudad está ubicada en una sierra y el clima es bastante más frío que en Rio, a pesar de estar a solo una hora de distancia en vehículo. El paseo fue muy interesante y nos dejó aprender un poco más sobre el período imperial de Brasil. En otra oportunidad, nos fuimos a Salvador de Bahía, a una hora y pico en avión en dirección norte. Habíamos escuchado maravillas de sus playas y el centro histórico. Salvador, de hecho, fue la primera capital de Brasil. Al llegar, no nos gustó de inmediato. Los edificios tienen un aspecto descuidado, bastante venido a menos y sumado a que todo el mundo te advierte de lo peligroso que es caminar por Salvador (incluso las oficinas de turismo te dan un mapa con las calles que podés transitar marcadas en amarillo). Las playas eran angostas, con muchísima gente y piedras enormes salpicadas por aquí y allá. Las mejores estaban lejos de la ciudad, como siempre, pero lamentablemente no nos daban las horas de visita para llegar hasta allá. Nos conformamos con bañarnos en esas aguas, que eran bastante más calientes que las aguas cariocas, y recorrer el famosísimo Pelourinho. Este lugar de Salvador sí que vale la pena visitar. Cuando la ciudad era capital de Brasil aquí se instalaron los más pudientes y la arquitectura portuguesa con casas de color pastel y mosaicos azules es un placer a la vista. Las iglesias están cubiertas de oro y todo tiene ese aspecto de cientos de años de antigüedad. Las callecitas son empinadas y angostas, con tiendas de recuerdos y cafés a la moda. El calor de Salvador es como nos lo habían advertido. La humedad te hace sentir pegoteado todo el tiempo y el sol pega con mucha fuerza. Fue una visita relámpago de apenas tres días y dos noches, pero nos permitió ver un poco del estado con más influencia africana de Brasil, comimos nuevos platos (como el acarajé) y conocimos a Cidia, una host que se ganó nuestro cariño. Llegamos a Rio con muchas ganas, y un poco de tristeza, para disfrutar nuestros últimos días ahí.

La comida de Rio es algo que extraño hasta ahora. El plato típico y por excelencia de los brasileños consiste en un trozo de carne (pollo, res, pescado), acompañado de arroz y feijao (porotos negros servidos en su propia salsa espesa). Simple, rico, barato y llenador; algo que comería cotidianamente sin ningún problema. También se lo puede acompañar con farofa, una harina de mandioca condimentada y crujiente que, como el queso rallado, te mejor a inmediatamente cualquier plato. Buena parte de la comida que más me gustó es de la que te vendían en los puestitos a orillas de la avenida Atlántica al frente de la playa. En Brasil hay una palabra, salgado, que funciona como término genérico y agrupa a varias cositas fritas que se venden en la calle, como las coxinhas, los kuppi, los pasteis y unas cuantas cosas más. Eran nuestra comida al pasar cada vez que estábamos llegando tarde para las clases en Niterói. A lo mejor mi plato favorito fueron las tapicoas, que se preparan con una especie de harina de mandioca que al calor se aglutina y queda como chicle. Adentro se le pone el relleno de preferencia y listo, al buzón.

Como dije antes, Rio está llena de atracciones además de la playa. Una de las imprescindibles es el Cristo Redentor, nueva maravilla del mundo. Como de costumbre, para llegar nos levantamos bien temprano para tratar de ser los primeros y poder sacar fotos sin tantísima gente alrededor. El trencito que te sube al Cristo Redentor está en el tranquilo barrio de Laranjeiras, como te lo recuerda la voz del subte cada vez que pasás por la estación más cercana. Después de unos 15 minutos de viaje atravesando la mata atlántica que cubre la montaña del Corcovado, llegamos a la cima. Un par de escaleras mecánicas después y ya estás frente a una de las vistas que vas a recordar toda la vida. Si repasamos las maravillas del mundo, vemos que todas son construcciones antiguas y majestuosas (Machu Picchu, Chichén Itzá, la Muralla China). Antes de visitarlo, siempre pensaba que el Cristo Redentor no merecía estar en esa lista (al igual que por ejemplo, la Estatua de la Libertad; no sé, no me parecen maravillosas). Sin embargo, cuando subís a la cima del Corcovado, te das cuenta que sí, que es una maravilla; no tanto por el Cristo en sí, sino por todo su conjunto. La vista de la bahía de Guanabara, el puente que llega a Niterói, las favelas que escalan los morros de la ciudad, el centro de la ciudad con su curiosa catedral, de un lado Copacabana y del otro Ipanema, el lago de Freitas, el Pan de Azúcar que se levanta en punta sobre el mar y cada uno de los 360 grados de la vista panorámica vale cada real que pagaste para subir ahí. La cima del Corcovado es una maravilla. También me sorprendió la complicada geografía sobre la que está asentada la ciudad. Buenos Aires es plana, tiene kilómetros y kilómetros para extenderse cómodamente. En Rio, las calles supieron acomodarse a su entorno y es como si la metrópolis se fundiera con la naturaleza, expandiéndose por donde se lo permite y tratando de integrarla a la ciudad cuando se puede. También vale muchísimo la pena subir al Pan de Azúcar. Nosotros, para ahorrar plata como siempre, subimos la primera mitad caminando y recién en el Morro de Urca tomamos el teleférico que te lleva hasta arriba para apreciar otra de las vistas emblemáticas de la capital carioca. En los alrededores de Rio hay varios cerros y montañas de diversos tamaños que podés escalar y seguir admirando la ciudad desde arriba. Por el tiempo y por el clima, solo llegamos a subir la Pedra do Telégrafo, pero seguramente no faltará la oportunidad para visitar el resto.

Nos fuimos de Rio a mediados de diciembre, cuando recién comienza la temporada alta, por la madrugada, todavía de noche, y aunque siempre me agarra una tristeza y nostalgia horribles cuando tengo que dejar un lugar, esta vez fue diferente. Suena cliché, pero no fue un adiós, sino un “hasta luego”. Rio me gustó mucho y hasta ahora, es una de las pocas ciudades donde me imaginaría viviendo un tiempo. Tiene todo lo que me gustaría de una ciudad: es lo suficientemente grande, hay muchas cosas para hacer y el mar está al alcance. Rio está cerca de Argentina, tengo amigos que viven ahí, y esta vez no voy a esperar 30 años para volver. Hasta el retorno, trataré de que me queden algunas cosas bien grabadas en la memoria, como la alegría de la gente, las caminatas a la noche por la avenida Atlántica desde Copacabana hasta Ipanema (y algún que otro viaje de vuelta en bici), la avenida donde vivimos un mes, el acento carioca de la mujer del subte, los chicos de Niterói, y tantos detalles más que las fotos ayudarán a refrescar cuando vayan pasando los años. Pero el viaje continúa y esto es solo el comienzo. Vamos ganando experiencia como viajeros, seguimos acumulando millas de vida y Colombia está a la vuelta de la esquina.

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El Lado B: Perú

Capítulo I: Perú

Que Perú sea la primera parada fue una buena elección. De cierta manera, era un lugar conocido (al menos para uno de nosotros). Quizás porque fue mi primer viaje al extranjero, la primera vez, de muchas que vendrían, que armaba las valijas para experimentar un poco de “eso” que aparece cuando nos vamos lejos de casa. Porque allá por el 2009 la pasé muy bien, porque despertó algo que me hizo querer seguir viajando o porque sentí que había demasiado en el mundo como para quedarse quieto en el mismo lugar. Cualquiera sea el motivo: siempre me va a gustar Cusco. Y ahora, 9 años más tarde, casi pisando los 30, bien acompañado y sin mucho más que pedirle a la vida lo confirmo.

Buenos Aires. Despedida de mis padres que se fueron hasta Capital para verme partir y mucha emoción corriendo por las venas. (Nota: Por momentos no caigo en cuenta de que estoy viviendo EL momento de mi vida, algo que planifiqué durante meses, que quizás solo yo entiendo y sé el sacrificio que implicó; a veces intento frenar, solo pensar y asimilar cómo llegué hasta acá y todo lo que hay por delante). Un par de horas de vuelo y tocamos suelo en Lima. Lima es Perú, pero por momentos parece que no lo es. O al menos no es lo que nos muestra la industria del turismo y, de cierta forma, defraudaría al que visita el país para “ver ruinas, llamas y descendientes de incas”. De todas maneras, sirve para recordarnos que un país son muchas caras: lo moderno y lo antiguo; lo pobre y lo rico; lo que te gusta y lo que no. Lima es moderna, linda y cool si sabés qué lugares elegir. Si te movés un poco de la zona “in”, el Perú que estabas buscando y el que te prometieron en los folletos, te golpea en la cara y te recuerda que sí, que está ahí.

Tres días en Lima. Aterrizar en un nuevo país te despierta los sentidos, o al menos a mí. Miro cada esquina, cada edificio y a veces lo comparo con algo que me recuerda a casa (será el arquitecto frustrado que quiere salir). El distrito bohemio de Barranco fue donde nos hospedamos gracias a un estadounidense que nos prestó su living por unos días. La zona sur y costera de Lima es el lugar que eligen los autoproclamados “expats”. (Nota: por qué será que las personas originarias de países del primer mundo se hacen llamar “expats” cuando se instalan en otro país. ¿Acaso no son inmigrantes también? Pero claro, esa palabra tiene connotación negativa y es mejor usarla para el caso opuesto.) En esta zona de la capital peruana encontramos elegantes edificios con vistas envidiables al Pacífico, un centro comercial con todas las marcas internacionales, parques donde se practica paracaidismo y negocios, restaurantes y casinos. Ya se empieza a palpitar Cuzco: la mayoría de los turistas que están en Lima, solo están de paso para llegar a la capital inca.

Con ganas de ver el otro costado de Lima (y sobre todo porque me fascinan las zonas antiguas de la ciudad, esas donde las calles fueron testigo de la historia de un país), unas chicas que conocimos por medio de nuestro host nos organizaron un tour por el centro de Lima. La Plaza de Armas de la capital es hermosa. Los edificios coloniales, los balcones de madera, las plazas señoriales. ¡Pero claro! Si esta fue una de las ciudades más importantes del continente, la antigua capital del Virreinato del Perú, con su innegable influencia en la historia de toda la región. Me hubiese gustado que un guía me contase los secretos que guardan los edificios y el papel que tuvieron en la historia, pero Valery, nuestra amiga/guía por el día, fue genial de todas maneras. Completamos el día con pisco sour en un elegante hotel frente a la Plaza San Martín (un poco de orgullo argentino por el libertador del Perú) después de un almuerzo en el barrio chino de Lima (la ola de inmigrantes japoneses en el país se hace presente; ¡si hasta uno de sus descendientes llegó a la presidencia!). Lima es internacional y poco tiene que ver con lo que estás por admirar en Cusco. Y así, después de tres días, con toda la emoción por vivir un mes en el destino número 1 y contento por mostrarle a uno de los viajeros una ciudad que me parece fascinante, nos subimos al vuelo AV837 de Avianca con destino a Cusco.

Soy latinoamericano y soy argentino; es más, soy del norte argentino, con lo cual estoy acostumbrado a las típicas zonas de las terminales de colectivos, los mercados y las peatonales, un poco sucias, donde la gente se agolpa, los vendedores informales te ofrecen cargadores de celulares al lado de zapatillas de imitación y el olor a comida bien condimentada inunda el aire. Sin embargo, Cusco está llena de europeos, por ejemplo, y me imagino el shock que debe ser para ellos. ¡Qué divertido! Algo de eso también experimentaremos en Asia algún día: la novedad absoluta. Pero por ahora, al llegar, no resulta completamente extraño. Sin sentir los efectos del temido “soroche”, nos subimos a un taxi que nos llevó por un precio negociable (a olvidarse de los taxímetros por un mes) hasta nuestro alojamiento -mejor dicho, nuestra casa- durante la próxima treintena.

A pocas cuadras de la Plaza de Armas, sobre Nueva Alta, una calle histórica y empinada, y en el número 514 se encontraba nuestra casa. Una habitación en el segundo piso de una vivienda colonial, de esas con un patio en el medio, rodeada de columnas y donde las habitaciones estaban destinadas a familias que compartían el espacio del centro. La habitación es grande, cómoda, con un escritorio y una cocina por aparte. Es de esas que tienen el piso de madera y que cuando caminás cruje a cada paso. Desde la ventana, se ven los cerros y el caserío que se extiende a lo lejos. Las lucecitas de las casas brillan por la noche y también se escucha el ruido del tren que lleva y trae a entusiasmados pasajeros que mueren por conocer Machu Picchu. La emoción es tanta. No nos contuvimos y, pese a que deberíamos haber descansado un poco para acostumbrarnos a la altura, salimos a explorar. La primera parada fue el Mercado San Pedro, bastante turístico, pero igualmente espectacular. Cientos de tiendas que venden artesanías, condimentos, legumbres, frutas, verduras, quesos. Mención especial a las vendedoras de jugos que te llaman abanicando el menú para que te sientes a tomar una licuadora entera de jugo de mango, en nuestro caso, por el módico precio de 7 soles. ¡El olor que hay en el lugar! Todo junto, todo mezclado, te atrae y, por momentos, te repugna. Fue la primera visita de muchas que hicimos al mercado. Horas después, la altura nos jugó su mala pasada. Uno de nosotros comenzó a sentirse, perdón por la palabra, como el orto y el efecto duraría dos días. Pero se pasó y, después del malestar, la recompensa fue ver la Plaza de Armas con todas sus luces amarillas, los balcones torneados y el destello de las casas en los cerros.

La Plaza de Armas de Cusco merecería un capítulo aparte. Es el corazón de la ciudad y, sin lugar a dudas, una de las plazas más lindas que vi hasta ahora. La combinación de murallas incas hasta el metro y medio de altura, seguidas de edificaciones españolas y balcones de madera tallada es cautivadora. Mucho de los balcones están pintados de un color “azul Cusco” que noté en varias puertas y ventanas de la ciudad. En la plaza todo está meticulosamente cuidado: las plantas, las flores, la limpieza, las luces y hasta los pobres vendedores que la policía espanta cuando quieren vender llaveros de llamitas a 1 sol. De un lado la Catedral, en diagonal una iglesia más, callecitas de adoquines que te llevan a la Avenida del Sol, a la Plaza de la Estrella, a San Blas o a la Calle Arequipa. La cantidad de horas que pasamos en la plaza sería difícil de calcular. Fue nuestro “caedero”, el lugar donde íbamos a ver a la gente pasar, a charlar con alguien que quiera acercársenos y a tomar mate esperando a que se haga de noche, se prendan las luces y se ponga demasiado frío como para seguir sentados ahí. Cuando pensemos en Cusco, en el futuro, seguro que lo primero que se nos vendrá a la mente será la plaza.

Estar sentado en la plaza también es dejarse conmover. Tengo una debilidad especial por el esfuerzo y sacrificio de las personas, me sensibiliza y me pone a pensar. La Plaza de Armas es un desfile de vendedores informales que van y vienen ofreciendo sus productos a los turistas. Y lo peor de todo es que tienen que escaparse de los municipales que los corren como ganado al sonido de un silbato. No tienen permitido vender y “molestar” a los turistas. ¿Y qué ofrecen? De todo: calabazas talladas con motivos incas, llaveros de llamitas, lapiceras con cholitas en la punta, chulos y bufandas “para el frío, amigo”, joyas “a cinco solcitos, amigo”, “añímese” y mucho, pero muchísimo “massage, massage, my friend”. Cuando decís que no, los vendedores hombres te ofrecen a voz baja “marihuana, fasito, cogollo, cocaína”. Así de accesible. Las señoras de edad avanzada cargando bolsas y bolsas de mercadería al hombro, casi dobladas por el peso me emocionan y casi que me gustaría poder comprarles todo lo que venden para que no tengan que hacerlo por un buen tiempo. Los nenes también. Salen del colegio y vienen a ayudar a sus mamás a vender cualquier chuchería y algunos no pueden volver hasta haber conseguido un número determinado de soles. Y acá viene Daisy. La vendedora más carismática de la plaza, charlatana, compradora, confianzuda, se hizo nuestra amiga y todos los días nos venía a saludar, se quedaba hablando un rato con nosotros y tenía la esperanza de que le compremos algo (cosa que hicimos), aunque solo al principio. Después, era solo para charlar. (Nota: El último día de Cusco dijimos que no podíamos irnos sin saludar a Daisy y justo cuando estábamos perdiendo la esperanza apareció entre la llovizna para regalarnos una última charla y una foto que la acompaña).

Nuestra intención en Cusco era formar parte de un voluntariado que teníamos arreglado desde Argentina, para sentirnos más útiles, conocer gente, adentrarnos en el lugar y ver más de Cusco. Pero no fue así, el encargado de la ONG nos dio la espalda sin motivo aparente y no tuvimos más remedio que dedicarnos a ser puramente turistas (cosa que queríamos evitar, pero bueno… no se pudo). La ciudad imperial tiene muchas, pero muchas cosas para hacer, tanto dentro de sus límites como por los alrededores. Caminamos hasta Saqsaywamán para dejarnos asombrar por el tamaño de las piedras del fuerte inca y tomar fotos espectaculares de la ciudad desde la altura (imperdible la vista desde el callejón la Resbalosa). La visita a Qoriqancha fue una de esas que te hacen “abrir los ojos”. Era el lugar más importante para los incas, donde se encontraba el centro del imperio, las construcciones más majestuosas y perfectas, todos los caminos que llegaban hasta los cuatro suyos del imperio comenzaban aquí. El lugar y las explicaciones de cada sala te dejan boquiabierto. ¿Pero qué pasó después? Llegaron los conquistadores y para imponer su religión y cultura construyeron encima de los edificios más sagrados de los incas, como escupiendo sobre todo lo que ellos creían y consideraban especial. Así, el antiguo templo del sol está ahora reducido a solo una pequeña esquina porque lo reemplaza el altar de una iglesia católica. Los incas tenían una cosmovisión desarrolladísima: el mundo de arriba, el de la superficie y el de abajo, cada uno representado por un animal (cóndor, puma, serpiente), además de otras deidades, cada una con su contraparte (las estrellas, la luna (killa), la pacha mama y la mama cocha, etc.). Una civilización tan desarrollada, que lamentablemente no dominó la escritura y muchos de sus conocimientos quedaron perdidos en el tiempo, completamente devastada por la sed de riqueza de los conquistadores. Es difícil no sentir bronca, pena, admiración y una mezcla de todo junto.

La ciudad es segura y accesible. Todo está a minutos a pie de distancia. Uno de los lugares más lindos de Cusco es el Barrio de San Blas, donde podés encontrar barcitos, creperías, pequeños restaurantes bien decorados y hoteles boutique. En términos generales, Cusco es barato. Se puede comer un menú completo por apenas 10 soles y precios similares. Muchas veces cocinamos en casa con las cosas que comprábamos en el súper Orión de la calle Meloq y otras tantas íbamos a degustar algunos de estos menús económicos en varios restaurantes de la ciudad. El Sueño Azul fue nuestro favorito. Claro que la ciudad imperial tiene opciones para todos los bolsillos y podés encontrar restaurantes carísimos y hoteles de categoría para los más pudientes. Cusco, más que otras ciudades, me pareció estar invadida de turistas europeos de mediana edad que, calculo, no tendrán mucho drama con el presupuesto. ¿Qué se come en Perú? Papas a la huancaína, lomo saltado, tamales (los de la vendedora al frente de la plaza por 1,20 soles), ceviche, tequeños, cuy, anticuchos que no probamos, se toma chicha morada, pisco sour y agua embotellada, nada de la canilla. La comida peruana es una de las mejores del mundo y el último día fuimos a consentirnos a uno de los restaurantes más famosos de la ciudad.

El valle sagrado de los incas es una colección de ruinas que se extiende en todas las direcciones desde la ciudad de Cusco. Para acceder a la atracciones, la mejor opción es comprar el boleto turístico que te venden en la municipalidad y que te deja visitar 14 lugares de interés (es como completar un álbum de figuritas; buena suerte tratando de conseguirlas todas). Entre los lugares que visitamos estaban los más cercanos, como Tambomachay, Puka Pukara y Saqsayhuamán. Todos muy pintorescos y rodeados de ese velo de misterio que envuelve a todas las construcciones incas de Cusco: ¿Cómo lo hicieron? ¿Cómo lograron llevar piedras de 20 toneladas hasta la cima de un cerro? ¿Cómo hicieron para que las piedras macho y hembra encajen a la perfección sin usar herramientas modernas? Algunas preguntas tienen respuestas y otras simplemente nos dejarán con la intriga y un profundo asombro y respeto hacia la civilización prehispánica más avanzada de nuestro lado del continente. Entre los destinos un poco más alejados están Chinchero y Ollantaytambo. Recuerdo que Chinchero me había fascinado durante mi primera visita a Cusco, seguramente por la hora del día de la visita: al atardecer, con las luces y las sombras jugando en las terrazas de cultivos. En esta segunda visita no fue tan así. Me gustó, claro, pero no tanto. Por el contrario, Ollantaytambo me pareció excelente (es más, me parece extraño que lo agrupen con otras atracciones menores y que no tenga su propio precio de acceso por aparte como el Machu Picchu, pero mejor no les demos la idea…). Las ruinas son magníficas, toda una ciudad inca para explorar a nuestras anchas, subir por las terrazas de cultivo, caminar por las antiguas casas de la realeza inca, admirar la increíble vista con las que se despertaban todos los días. En Ollanta, como también en muchos otros lugares, descargábamos guías de Internet con anticipación para no tener que pagar por las explicaciones y no quedarnos sin conocer la historia del lugar. Bien gasolero, bien argento. El pueblo de Ollanta es muy pintoresco, 100% orientado al turismo y con un encanto que me dejó con las ganas de haber pasado una noche ahí. En otra oportunidad, ya más llegando al final de nuestro tiempo en Cusco, visitamos el pueblito de Pisac. Aquí hay una energía diferente. Es como la meca de los fanáticos de la ayahuasca, las regresiones a vidas pasadas, el yoga, la meditación y todo lo que tenga que ver con la cultura new age. Si hay algo que nos vamos a acordar de todos estos viajes por el valle sagrado es el transporte. Informal y desorganizado, pero con un innegable encanto. Llegar a una terminal de donde salen los autobuses era comenzar a escuchar los gritos de “Ollanta, Ollanta, Urubamba”, “Pisac, Pisac” y después, a negociar el precio. Si lo traducíamos a pesos argentinos era una ganga. ¡Y la música que se escucha adentro! No sé si existe oficialmente, pero parece haber un género de música peruana donde todas las canciones son interpretadas por mujeres que lloran lastimosamente por el engaño de sus hombres, “que se fueron con otra cholita”, “que son canallas”, y todo cantado con la vocecita finita y el corazón partío. La apodé “canción de lamento” y la banda sonora de estos viajes fue y será el disco de “Marisol y la magia del norte”.

En otra de las escapadas de la ciudad, visitamos la ciudad de Puno. No la ciudad, en realidad, que tiene poco y nada para ver, sino el lago Titicaca. Es uno de esos lugares must que no podés dejar de visitar si estás en Perú. La excursión típica consiste en visitar el lago en una pequeña embarcación y llegar hasta la isla de los Uros, un pueblo milenario que se asentó en las aguas del lago más alto del mundo y vive en pequeñas islas flotantes construidas con totora. En este tipo de atracciones es difícil saber el grado de realidad que tiene todo lo que ves y cuánto está “manufacturado” para el turista. No nos gustó, por ejemplo, toda la pantomima que las agencias de turismo “obligan” a hacer a los habitantes del lugar, como que te canten “vamos a la playa” antes de salir de la isla para que puedas tomarle fotos a los “pueblos primitivos” y mostrárselas a tus amigos en tu departamento de la ciudad. Soy bastante crítico, sí. De todas maneras es una linda excursión que también incluye una visita y comida en la isla Taquile, también acompañada de una “improvisada” interpretación de música y baile. También hay que pensar que la gente de estos lugares vive del turismo y nosotros, al consumir todas estas experiencias, estamos ayudando. Supongo que el balance es positivo. Entre otras de las excursiones típicas que ofrecen en las calles de Cusco está la de la montaña arco iris, que incluye un viaje en vehículo desde las tres de la mañana hasta llegar a la altura de los 5000 metros y luego una caminata de casi una hora, si mal no recuerdo. Escuchamos muchas opiniones encontradas al respecto. Algunos que nos decían que hacerlo era una locura y que no valía la pena, mientras que otros habían quedado encantados con el lugar. Por falta de tiempo, plata o ganas, no la hicimos.

El broche de oro de cualquier viaje a Perú es el Machu Picchu. Cambió bastante desde la primera vez que fui. La cantidad de turistas es mucho mayor y hay más restricciones. Todo el paquete de visitar una de las maravillas del mundo es bastante caro. Si uno va sumando las partes se llega a una cifra bastante abultada. Primero, el tren que va desde Cusco hasta Aguascalientes (uno de los más costosos del mundo), después tenemos el alojamiento en Aguascalientes, una ciudad “fabricada” alrededor de las ruinas para que los turistas tengamos donde pasar la noche. Se suman el bus que te lleva desde Aguascalientes hasta la puerta de entrada a las ruinas, la entrada al Machu Picchu (más el Wayna Picchu si estás interesado), el tren de regreso hasta Ollanta y, después, el bus que te deja en Cusco. Así y todo, vale completamente la pena y, por supuesto, conviene dejar esta atracción para el final. Todo lo que viste y aprendiste en Cusco y el resto de las ruinas menores se concentra y multiplica en el Machu Picchu. Es mucho mejor hacer el recorrido con un guía para comprender el significado de cada lugar, su historia y preguntar todo lo que se te ocurra (cosa que hicimos, y los pobres panameños que iban con nuestra guía tuvieron que soportar). La subida al Wayna Picchu era algo que me había quedado pendiente en mi visita anterior y esta vez conseguí hacerla. La vista que se tiene desde arriba es inmejorable y, pese a las recomendaciones y advertencias, no nos pareció complicada. En total, habremos pasado unas cuatro o cinco horas en el complejo y fue suficiente. Además, a diferencia de hace algunos años, ahora no podés ir “en reversa” de manera que si pasaste por un lugar una vez ya no podés volver hacia atrás. Eso, para controlar el flujo cada vez mayor de turistas. Y los hay de todas partes del mundo: chinos, japoneses, coreanos, muchísimos europeos y estadounidenses y, claro, latinoamericanos. Sin lugar a dudas, somos privilegiados de estar tan cerca de esta maravilla del mundo y es un destino que está relativamente accesible y que, el que pueda, debería visitar.

En mi opinión, Cusco es como un resumen de nuestra historia como latinoamericanos: las civilizaciones prehispánicas que fueron colonizadas, saqueadas y humilladas por los conquistadores del Viejo Mundo, la historia del catolicismo que llegó a América Latina para propagarse a casi todos los rincones del continente, la “fusión” y el “híbrido” que son nuestros países, una combinación más que interesante de raíces aborígenes y cultura europea. Visitar Perú es entender un poco más sobre el continente donde vivimos, nuestra cultura tan típicamente latinoamericana (un poco desorganizada y tirando resolver todo en el momento). En mi opinión, así son los destinos ideales, esos donde disfrutás pero también aprendés y volvés a casa con muchas ideas dándote vueltas en la cabeza.

Y así se cumplió nuestro primer mes de viaje, de aclimatación, de aprender a convivir, de abrirse a nuevos sabores, olores y colores. Aprendimos nuevas palabras, detectamos frases peruanas de todos los días, escuchamos canciones que para siempre nos remitirán a ese mes en Perú. Nos vamos del primer destino menos brutos, agradecidos y felices de haberlo elegido. Y nos esperan nuevas latitudes, un nuevo idioma, el calor y la playa. Brasil: ¡allá vamos!

Perú y su cultura milenaria

Lima

Tras cuatro horas de vuelo, llegamos a la capital del Perú. ¡Cuánta emoción! ¿Qué sigue ahora? Cambiar la moneda a soles peruanos. Un sol equivale a 5,50 pesos argentinos (al menos a esta fecha!). Para salir del aeropuerto nos tomamos el Airport Express Lima, un bus azul que hace distintas paradas en varios puntos de la ciudad. Nos bajamos frente a la costa y tras averiguar cómo llegar a nuestro Couchsurfing, nos tomamos un colectivo de línea que nos acercó… diez cuadras! Sí, estábamos más cerca de lo que imaginábamos.

Nuestro hospedaje estaba ubicado en el distrito de Barranco (los distritos son como los barrios de Lima), el cual se caracteriza por ser bohemio, con mucha vida y juventud. Como dijimos, nos quedamos en la casa de dos chicos estadounidenses por medio de Couchsurfing (para quien no conoce este medio, te permite buscar alojamiento sin pagar un centavo, mientras el anfitrión no tenga problema en que te quedes en su casa) durante las dos noches que pasaríamos en esta ciudad. Chris y Travis fueron súper amables con nosotros, nos dieron una copia de la llave de la casa e información para movernos con suma comodidad por las calles.

¿Qué conocer en Lima? Muchas cosas.
En primer lugar es infaltable el caminar por la costanera, viendo el océano Pacífico golpeando las playas (de piedra) desde lo alto de los acantilados. También se pueden ver adornando el cielo decenas de turistas haciendo parapente, lo cual no hicimos (150 soles por persona los 10 minutos).
Donde la costanera se encuentra con la Avenida Larco en el distrito de Miraflores tenemos el hermoso (y cool) shopping Larcomar”. Con pasillos al aire libre y ventanales que dan al mar, en este mall se encuentran las mejores marcas del país combinando gastronomía, indumentaria, electrónica y gift shops, entre otros.
Adentrándose en dicha avenida, llegamos al Parque Kennedy, con su forma triangular y los diversos colores de las flores le dan vida a uno de los más concurridos puntos de la ciudad. Alrededor, cientos de restaurantes, centros comerciales de cuatro pisos, tiendas de ropa, una iglesia y miles de turistas.
Un poco más alejado de esta zona chic está el centro de Lima. Si tuviéramos que resumir en una palabra la primer impresión que nos dio el viaje en taxi, sería “caos“. ¿Por qué? Primero, el tránsito. Nada que envidiarle a los embotellamientos que se dan a diario en Buenos Aires; sumado a que (y esto lo notamos en todo Perú) las bocinas suenan constantemente, haya tráfico o no. Claro que cuando nos bajamos y comenzamos a recorrer, esa impresión se disipó al ver los palacios, balcones coloniales, plazas coloridas, el concurrido Barrio Chino, probar el típico pisco sour (bebida peruana a base de pisco que lleva clara de huevo batida… peeero, se disputan su origen con Chile) y visitar el MALi (Museo de Arte de Lima).
Hacia el sur de Barranco se encuentra el distrito de Chorrillos, donde las playas son de arena y un puerto provee subsistencia a los más de quince puestos de comida que ofrecen todo tipo de platos típicos, entre ellos el ceviche (pescado sin cocción el cual es macerado en jugo de limón durante horas). Ah, y las gaviotas forman parte de la población normal del lugar.

Dato curioso sobre Lima: en el distrito de Miraflores la mayoría de sus calles tienen wi-fi gratis!

Esos tres días en Lima fueron suficientes para tener un panorama general de la capital del país, y ya estamos listos para nuestro próximo (y más duradero) destino: Cuzco.

Cuzco

O Cusco. Nos dimos cuenta que en Perú intercambian mucho la “s” por la “z” (por ejemplo, “Milaneza de pollo”), así que en realidad cualquiera de los dos nombres están correctos. (Nota: El nombre de Cusco viene de Q’osqo, que en quechua significa “ombligo del mundo”. Resulta que los españoles no podían pronunciarlo y quedó como lo conocemos hoy).
Antes que nada, hay que aclarar que esta ciudad se encuentra a 3400 msnm. ¿Por qué hacemos énfasis en esto? Porque desafortunadamente para los que vivimos al nivel del mar, existe un fenómeno muy poco agradable conocido como apunamiento o soroche. Sí, así como lo leen, uno de sus protagonistas fue víctima de esta afección. A tanta altura hay menos oxígeno que a los 0 msnm, por lo que el primer día en esta ciudad, el cuerpo se desequilibra. Asquerosamente desequilibrado. Náuseas, vómitos, diarrea, debilidad muscular, fiebre. No se puede hacer NADA. Así que, (consejo) apenas arriben a ciudades muy altas como Cuzco (Puno, Perú y La Paz, Bolivia son otros ejemplos), descansen y no hagan ninguna excursión alocada que requiera desgaste físico.

¿Impresión sobre esta ciudad? Qué difícil… Cuzco es mágico. Basta caminar por sus callejones adoquinados y llegar a la Plaza de Armas para entender lo especial que es este lugar. A diferencia de Lima, que es sumamente moderna, este lugar se quedó en el tiempo mostrando lo que hoy en día es: un híbrido.
¿Híbrido? Claro. Por un lado se puede observar en los muros de las calles cómo se empiezan a elevar piedras apiladas de la época inca, mientras luego encima de éstos se asoman majestuosos balcones coloniales de madera tallada. Y así en todo. Patios internos en todos lados nos hacen sentir como si estuviéramos en los grandes palacios de España, mientras que al salir a la calle nos topamos con paredes incas.

Nos vemos en la obligación de hacer una breve reseña histórica (¡Breve! No cierres la página) dado que lo amerita. Arriba aclaramos que el nombre de esta ciudad significa “ombligo del mundo” en el idioma quechua, que era el hablado por los incas. Este pueblo indígena formó un gran imperio (el Imperio Inca), cuya capital era el actual Cuzco, y de ahí se extendía hacia el norte (actual Colombia), hacia el este (Bolivia) y hasta el sur, a la altura de Santiago de Chile y Mendoza. Sus construcciones se basaban en el apilado de piedras de gran tamaño sin ningún tipo de junta, tal como se observa en las cientos de ruinas que rodean la ciudad, y, ni más ni menos que en el mismísimo Machu Picchu. Con la llegada de los españoles al Perú, estos pueblos aborígenes debieron sucumbir ante ellos (quienes no estaban de acuerdo, eran ejecutados). Los conquistadores, a fin de imponer su cultura, construyeron templos religiosos sobre los palacios incas. Es por esto que hoy en día, al caminar por las calles de esta ciudad, mires donde mires verás una iglesia (de hecho, en la Plaza de Armas hay dos, una al lado de la otra).

En Cuzco nos hospedamos por medio de Airbnb; para el que no conoce: un sitio donde se puede alquilar desde la habitación de una casa de familia hasta un departamento o casa entera. Como los precios en Perú son accesibles, nos dimos el lujo de alquilar un departamento con lo básico, a cuatro cuadras de la Plaza de Armas.
¿Qué hacer en esta ciudad? Bueno, empecemos por el boleto turístico. Es un ticket que tiene una validez de 10 días desde la fecha de compra (en la Municipalidad) y cuesta 130 soles. Con este boleto podemos visitar 14 atracciones, incluyendo museos (Museo Histórico Regional, Museo de Qoricancha, entre otros), monumentos (Monumento de Pachacutec) y parques arqueológicos (Ollantaytambo, Pisac, Tambomachai, Saqsayhuaman, Q’enqo, Pikillakta, Puka Pukara, Chinchero, Moray y Tipon). Sin duda alguna, lo más atractivo de todo es lo último. Son ruinas incas que se han conservado hasta el día de hoy, todas rodeando la ciudad. La más alejada es Ollantaytambo, a 70 km de Cuzco, pero la más impresionante de las nombradas. Se puede ir en combi por 6 soles. Otra opción (para cuando se les venza el boleto turístico, como a nosotros nos pasó), es contratar tours que te llevan a otros atractivos turísticos como son: 1 el Lago Titicaca, en la ciudad de Puno, Perú, el cual marca la frontera de este país con Bolivia. Es el lago navegable más alto del mundo, a unos 3800 msnm. Te ofrecen un paseo por lancha hasta las islas de los Uros (islotes artificiales hechos con junco, donde viven comunidades aymaras) y hasta la isla Taquile, donde se almuerza. Si uno desea puede tomarse un bus bordeando el lago y cruzar la frontera de Bolivia hasta la ciudad de Copacabana, a orillas del lago (y si estamos con tiempo, seguimos 150 km más hasta La Paz). 2- la Rainbow Mountain (o montaña de los 7 colores), a 5000 msnm. Nosotros no llegamos a hacerla, pero por lo que cuentan consiste en una caminata de 2 horas cuesta arriba hasta el mirador de la preciosa montaña, y luego 1:30 horas para bajar (se puede pagar para hacerlo en caballo). 3- las Salineras de Maras, en el pueblo con el mismo nombre, a 50 km de Cusco. Son terrazas de sal en la montaña (muy parecido a las piletas donde tiñen el cuero en Fez, Marruecos). Nosotros fuimos por nuestra cuenta y la entrada nos salió 10 soles por persona. 4- y por supuesto, Machu Picchu (que lo desarrollamos más abajo).
Otro lugar interesante para visitar es el Mercado de San Pedro, donde se puede encontrar de todo. Frutas de la selva, vegetales, carne, quesos, productos secos, artesanías, puestos para comer… ¡hasta yerba mate encontramos! Vale la pena ir a pasear ahí.
También se puede visitar la piedra de los 12 ángulos, situada en uno de los muros incas en plena vía pública (por lo que no hay que pagar para verla ni para sacarse foto con ella). Es famosa por ser una inmensa piedra con, justamente, doce ángulos, perfectamente encastrada con sus vecinas.
Además de los museos y lugares de interés cultural incluidos en el boleto turístico, hay muchísimos más que se pagan aparte, como el Museo Inka, el Museo de Arte Precolombino, el Museo de Santa Catalina, entre otros.
Y, claro, nuestro lugar preferido de la ciudad, fue la Plaza de Armas. Rodeada de construcciones coloniales, calles adoquinadas, cerros de fondo, flores, faroles… Religiosamente todas las tardes nos sentábamos en uno de sus bancos (con mate en mano, por supuesto) a ver como el sol se iba apagando mientras que las luces de la ciudad y de las casas en la montaña comenzaban a contrastar. Nunca nos cansaremos de caminar esa plaza desnivelada mientras nos ofrecen infinidad de souvenirs para que compremos. Por unanimidad (de 2 votos, ja!) concordamos que es (hasta ahora) la más linda que vimos.

Machu Picchu

Todo el tema de visitar Machu Picchu es caro. Vamos a contar cómo lo hicimos nosotros, aunque hay otras variantes. Como esta maravilla del mundo está lejos de Cuzco, sí o sí hay que ir al pueblo más cercano: Aguas Calientes. ¿Cómo? En tren. Uno de los trenes más caros del mundo. Y sí, se aprovechan de que no hay otra manera de llegar (a menos que hagan el Camino del Inca, que es caminando, pero desconocemos el precio). La ida desde Poroy (a 5 km de Cusco) hasta Aguas Calientes nos salió 84 dólares, y la vuelta hasta Ollantaytambo, 60. La compañía se llama Peru Rail y es una empresa chilena. Una vez en el pueblito, nos quedamos en un hostel a pasar la noche. Si no fuera por el turismo, este lugar no existiría. Los precios son el doble que en Cuzco. No hay calles. La única carretera es la que sale de la estación de buses hasta Machu Picchu. O sea, que la única manera de llegar al parque arqueológico (a menos que caminen los 5 km cuesta arriba) es en esos micros. ¿Cuánto cuestan? 24 dólares ida y vuelta. Exacto. Volvimos pobres ese fin de semana. Obvio que cuando uno llega y ve por primera vez el Huayna Picchu (la típica montaña que se asoma por detrás de las ruinas) se olvida del dinero. La entrada nos costó 200 soles, porque hicimos la visita a la ciudadela y el ascenso al Huayna. Para subir la montaña se necesita comprar la entrada con meses de anticipación, ya que sólo lo pueden hacer 200 personas por día. La experiencia es increíble. Escalinatas en medio de la cornisa, humedad al 100%, vegetación e insectos extraños y vistas maravillosas de las ruinas. Lo recomendamos sin duda.
Después de subir el Huayna Picchu, obligatoriamente hay que salir del recinto, pero con la entrada se puede ingresar dos veces (años atrás se podía ingresar hasta tres). Por lo tanto, en nuestro segundo ingreso le pagamos 20 soles cada uno a una guía turística para que nos haga el recorrido por las ruinas. Hasta al que no le interese la Historia se queda asombrado de todo lo que hay para escuchar. No se puede explicar cómo los incas construyeron eso. ¿Los aliens? Puede ser, nunca se sabe.

Y llegó a su fin este primer destino del viaje.
¡Encantados con Perú y su gente!

¿A dónde vamos ahora?

¡Hasta pronto, Buenos Aires!

Llegó el momento. Tanta expectativa, tanta planificación, tantas noches sin dormir… No caemos en verdad de lo que está pasando. No nos entra en la cabeza la magnitud de lo que estamos a punto de emprender. Es la noche del miércoles 11 de octubre de 2017, y nuestras familias nos despiden con cenas previamente organizadas, amistades que nos hacen visitas de último momento para pasar las últimas horas con cada uno en Argentina. Los mensajes de WhatsApp (“¡Buen viaje!”, “¡Disfruten!”, “¡Nos vemos en algún país!”) se incrementan a medida que llega la hora de partir hacia Ezeiza, haciendo que poco a poco los intestinos se comiencen a anudar con el estómago y se produzca una especie de pelota que no se desatará hasta que el avión despegue. Voces en la cabeza gritan desesperadas “¡¡No te vayas, es mucho tiempo!!”, pero a la vez uno sabe que lo que está a punto de vivir es único, irrepetible.

Ya te despediste de todos, excepto de tus padres que se están subiendo al auto con vos para llevarte al aeropuerto. Una última mirada a tu casa, a tus cosas, a la cuadra, al barrio, sin saber cuándo será la próxima vez que los veas. El viaje a Ezeiza se llena de nostalgia, como si cada kilómetro recorrido fuera un grato recuerdo vivido en Buenos Aires. Pero ojo, no todo es tristeza! Si alguna vez viajaron al exterior, creo que compartirán que ese momento en el que estás llegando al Aeropuerto Internacional Ministro Pistarini, una ansiedad y adrenalina se adueñan de tu cuerpo provocando que todos tus sentidos se agudicen. Justo antes de llegar Buenos Aires se larga a llorar. La lluvia golpeaba las ventanillas de los autos y la autopista como si la ciudad también se estuviera despidiendo.

Ezeiza a las 3 de la mañana. Las luces de la Terminal A se reflejan en el pavimento mojado mientras cruzamos las calles con la mochila al hombro. Adentro nos encontramos ambos viajeros con nuestras respectivas familias. Luego de despachar el equipaje en la central de Avianca, subimos por la típica escalera mecánica que te lleva al hall previo a pasar a Migraciones. La despedida final no terminaba más. Hacíamos dos pasos y nos volvíamos a despedir. ¡Qué difícil! Las lágrimas brotaban impunemente de los ojos de todos envueltas en abrazos y palabras de aliento. Mostramos los pasajes y pasamos el molinete. Las manos se agitaban a la distancia antes de doblar hacia el pasillo que se dirige a Migraciones. Última vez que veríamos a nuestras familias en un largo tiempo. Finalmente, y tras saludar un buen rato, avanzamos.

Luego de pasar por los detectores y que nos sellen el pasaporte, entramos al “área zen” del aeropuerto, donde podés esperar tranquilo el llamado de tu vuelo. Nos avisan que está demorado. No importa, ya no importa nada, estamos por empezar la vuelta al mundo. ¿Qué nos hace media hora más? A las 6:30 de la mañana comienza el embarque para el vuelo de Avianca con destino a Lima. Mientras abordamos el avión, empezamos a caer en la cuenta de que el momento había llegado. ¿Cuándo volveremos a pisar nuestra ciudad? ¿Qué pasará en todo este tiempo? ¿A dónde nos irá llevando el camino?

Y el avión enciende sus turbinas. Empieza a aumentar velocidad mientras en las pantallas individuales pasan información a la que uno no está prestando atención. Quedás pegado al asiento sin posibilidad de moverte, a la vez que empezás a tomar altura y el paisaje se ve cada vez más lejano. Ahora sí, comenzó el viaje.

¡Hasta pronto, Buenos Aires!

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